Con una persona que se le escape a la miseria, se puede cambiar el destino de muchos

Escrito por Sibelys Katina Mejía Rodríguez *

Hoy, con alegría, luego de mucho esfuerzo y de peleas burocráticas, mi sobrina mayor, con 17 años y mucha historia por contar, se convirtió en estudiante de primer semestre de Psicología. Con palabras entrecortadas de la emoción mi madre me dijo: “Se les metió la segunda, pronto celebraremos la tercera”. Una persona más de la familia entra a la universidad en la sociedad de la hipertitulación, donde paradójicamente estudiar es un privilegio. Para entender las palabras de mi madre es necesario saber de dónde es que venimos y desde dónde es que hablamos.

Venimos de Ponedera, un pueblo cercano Barranquilla que ofrece pocas oportunidades para que sus jóvenes se formen y se empleen por fuera de los círculos clientelares de los políticos viejos y “nuevos”. Venimos de una familia numerosa, pero sólo describiré el núcleo más íntimo: un papá que se gana la vida como vendedor ambulante en las calles de Barranquilla y una mamá que se dedica a las demandantes y desgastantes tareas del hogar; tres hijos y una hija (quien escribe); tres nietas (entre ellas la hoy estudiante universitaria) hijas del hijo mayor, dos nietas hijas del segundo hijo y una nieta del tercero.

El mayor de los hijos de la familia soñó la vida de muchas maneras, pero las circunstancias no le permitieron ser lo que siempre quiso. Hoy está en otro país soportando los desafíos del rebusque y de la búsqueda de un mejor destino para sí y sus hijas fuera de su tierra y lejos de su familia. El segundo de los hijos, luego de no poder ni siquiera terminar su primer semestre de contaduría pública, por razones económicas, decidió ser militar. Aún recuerdo sus palabras cuando se fue sin mucho aviso: “mi hermanita, me voy; tu sabes que no es lo que quiero, pero lo hago por ti, no quiero que a ti te pase lo que a mí me pasó” (se refería a no poder hacerse profesional). El tercero, pese a que siempre está sonriendo con la nobleza que lo caracteriza, carga el peso de las dificultades financieras, de la carencia de empleo y de la vida en la informalidad.

La hija en el 2010 llegó, contra muchos pronósticos, a la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. Esa soy yo. Salí de mi casa a los 17 años a un lugar que no conocía. Es la misma edad con la que mi sobrina entra hoy a cursar su pregrado y esto, que puede parecer una coincidencia, me evoca nostalgia y una tremenda emoción que se refleja en el deber cumplido. Recuerdo los días sin comida y sin recursos ni siquiera para las copias de las lecturas que debía hacer para los cursos. Pero recuerdo con más aliento que cada vez que terminaba llorando y diciendo que no lo iba a lograr, encontraba gente dispuesta a tenderme la mano. Sobre todo, recuerdo que cada noche me decía a mí misma: “eres la primera, después de ti vendrán más”, aunque eso es casi como la carne de cañón de una lucha contra la miseria y las brechas sociales que se nos imponen en esta sociedad. No fue fácil, pero se logró.

Eso y el extenso inventario que sería posible hacer sobre los esfuerzos y el sufrimiento que debí afrontar, me lleva a cuestionar las profundas brechas que separan a unos sujetos de la posibilidad de acceder a lo que, por demás, son derechos básicos como estudiar, comer, dormir bajo un techo e ir a la universidad y mirar de frente a tus compañeros(as) y poder decir: de verdad somos iguales. Contrario a eso, llegar a la universidad (como llegar a otros espacios) a muchos nos pone en evidencia de que nunca hemos sido tratados como iguales; a unos nos toca dejar de comer para estudiar, a otros nos toca dejar de estudiar para comer, y a otros tantos nos toca trabajar para comer y estudiar mientras muchos deben dejar de estudiar para trabajar y comer.

Este escrito no es una alabanza al esfuerzo ni al mérito, esto es una crítica a la desigualdad que estructura a nuestra sociedad y que es ocultada en discursos de éxito que no son otra cosa que una palmada en la espalda a la naturalización de la miseria y de la desigualdad. No deberíamos alegrarnos ni vanagloriar de los “esfuerzos” que hace mucha gente de este país por materializar su derecho a estudiar. Por el contrario, deberíamos discutir las condiciones y las estructuras que ponen a unas personas a, incluso, atentar contra adecuadas y básicas condiciones de vida, mientras otras sólo deben preocuparse por levantarse de la cama para llegar a tiempo a la universidad.

Es muy cínica una sociedad que se enorgullece y celebra a quienes le ganaron la pelea a la miseria por estas vías, sin embargo, también hay que decir que, en muchos casos, gracias a esas “primeras” personas muchas barreras se tumban y comienza lo que sería una oleada de fugitivos y fugitivas porque, aunque seamos bastantes, seguimos siendo excepciones a la regla de la desigualdad y la miseria.

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